UNA INVESTIGACIÓN FILOSÓFICA I

Tomar conciencia de mi condición de monstruo no fue en mi caso el resultado de una sucesión de comentarios desagradables sobre mi aspecto físico soportados durante toda mi infancia. Ni tampoco se produjo gracias a un espejo colocado donde no debía estar, una oferta de trabajo en una barraca de feria, la mueca de horror de un cirujano plástico o la crueldad de una colegiala insensible a mis tentativas de seducción. La iluminación se produjo como resultado de una esotérica prueba médica a la que me sometí voluntariamente después de un durísimo acoso de la ley y sus representantes. Hasta ese momento yo era practicante normal. Quince minutos después me había convertido en un caso sorprendente y digno de interés científico, con una incidencia de tres individuos por cada cien habitantes.

El orden de las secuencias numéricas no se rige por una relación externa, sino interna.

Si, en efecto interna. La esencia de mi monstruosidad no puede ser percibida sensorialmente por los demás, y ni yo mismo soy capaz de ello. Pero, evidentemente, ha sido establecido de modo empírico y, por lo tanto, desde un punto de vista fenomenológico, mi calidad de monstruo no es un asunto de simple apriorismo, aunque en el plano existencial haya tenido como resultado la revelación de mi verdadera situación en el mundo.

Por supuesto, siempre supe que era diferente. Pero no es que mi tipo somático se salga de lo corriente: de hecho, soy el clásico individuo ectomorfo. Alguien que me contemplase desnudo se encontraría ante un cuerpo masculino delgado, de talle fino y musculatura no muy ostentosa. Es posible que esta complexión haya tenido un papel importante. De acuerdo con la tipología caracterológica de Sheldon, los parámetros de mi perfil físico ectomorfo me inclinarían temperamentalmente hacia una personalidad cerebrotónica, caracterizada por el egocentrismo, la hiperactividad y una marcada preferencia por el aislamiento. Pero al mismo tiempo también se pueden observar en mí algunas de las características definitorias de la personalidad somatotónica media, caracterizada por las ansias de poder y dominación, y que Sheldon asocia con los individuos de físico más musculoso y mesomorfo. Así que mejor olvidémonos de cosas tan poco sutiles como mis características físicas. Convengamos que eso no tiene nada que ver con la clase de persona que soy. Esos rollos sólo funcionan con el teatro shakespeariano.

La constatación de mi diferencia fue atemperada naturalmente gracias a la consciencia de lo que los filósofos consideran un simple solipsismo: la teoría de que nada existe más allá de mí y mis pensamientos. No tengo, por tanto, ninguna prueba solida que apoye la percepción según la cual yo era diferente debido a unos estados mentales poco habituales. Cualquier otra persona que leyese estas reflexiones sería sin duda capaz de juzgar rápidamente si mis procesos mentales me hacen o no diferente. Pero como lo que escribo es fundamentalmente introspectivo, la visión externa tampoco puede ser de gran ayuda. La verdad es que lo único en lo que me puedo apoyar es en la existencia de un síndrome psicopatológico muy particular y en una novela de Keith Waterhouse.

El síndrome de Tourette provoca tal grado de desorganización del pensamiento, que el individuo que lo padece se descubre de pronto a sí mismo gritando obscenidades en cualquier lugar donde se encuentre. Por su parte, Billy el mentiroso narra las aventuras de un joven que no es exactamente un mentiroso, pero que posee una imaginación desbordante que lo impele a elaborar todo tipo de complejas fantasías; a proponer una visión diferente de la realidad, en palabras de George Steiner.

Imaginemos una combinación de ambas cosas: el síndrome de Tourette y una imaginación incontrolada. Pues el resultado soy yo.

[…]

Una sucesión de estampas que Goya hubiera podido pintar o Michael Winner filmar.

Una estampa es una transposición de la realidad. Una estampa es un hecho. Es imposible discernir si una estampa aislada es verdadera o es falsa. De acuerdo, puedo compararla con la realidad. Pero no hay estampas que sean verdaderas a priori. Sean las que sean las que se pueda tener en mente.

Al mirarme, es evidente que cualquiera pensaría que probablemente soy una persona bien adaptada. Bueno, aclarémoslo, No estamos hablando de Mr. Edward Hyde. No me veréis jamás pisoteando a una inocente niñita a la que después abandonare lloriqueando en la mitad de la calle. Desde luego que no. Soy una persona cortes y bien educada, que abre la puerta a las damas y que ayuda a las jóvenes madres con los cochecitos en las escaleras mecánicas. Los detalles típicos. Y si os fiais de mi palabra, añadiré que físicamente no estoy mal, aunque tengo un aire un poco ausente.

En la época victoriana, Cesare Lombroso, el criminólogo italiano, creía que la criminalidad podía explicarse con el concurso de la anatomía, utilizando diversos aparatos, como craneómetros para medir el cráneo y calcular su capacidad. Una frente escasa o una mandíbula excesiva eran indicadores externos de que algo andaba mal. Lombroso fue el primer antropólogo criminal de la historia.

Absurdo, evidentemente. Pero si bien Lombroso llego a conclusiones erróneas al intentar explicar la criminalidad en función del tamaño de la nariz, la boca o las orejas de un individuo, investigaciones neurológicas posteriores han demostrado que en realidad no andaba tan equivocado. Cuando abrió el cráneo de un homologo italiano de Jack el Destripador y descubrió sobre la protuberancia occipital interna una pequeña oquedad -una oquedad relacionada en realidad con una anomalía todavía más grave del cerebelo (la hipertrofia del vermis) y que el vincularía con la propensión a una criminalidad depravada-, Lombroso hizo un descubrimiento mucho más importante de lo que él mismo podía pensar.

El criminólogo italiano, por supuesto, todavía no había comprendido que el verdadero indicador de las tendencias criminales del ser humano no se encontraba en la superficie del cráneo, sino en la superficie del cerebro. Fue una verdadera lástima que se despistase con esa absurda teoría sobre el tamaño de los lóbulos de las orejas de los criminales.

Resulta que mis propios lóbulos son grandes y Lombroso (el criminólogo) probablemente me habría clasificado como un criminal. Tal vez nadie pueda saber qué pasa en el interior de la cabeza de uno. Nadie excepto el programa Lombroso. Y esto es una especie de tautología.

Philip Kerr


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