¡LA LUZ!

Guardad y meditad esta expresión de Empédocles: “La generación es una destrucción terrible, que hace pasar a los vivos al lado de los muertos. En otro tiempo habéis vivido la verdadera vida y luego, atraídos por un encanto, habéis caído al abismo terrestre, subyugados por el cuerpo. Nuestro presente sólo es un sueño letal. El pasado y el porvenir, existen solos realmente. Aprended a recordarlo, aprended a prever”.

[…]

Bajo el árbol se encuentra Plutón-Aidonea, en un trono magnífico, con manto de púrpura. Bajo él la nebrida, su mano sostiene el tridente, su frente está pensativa. Al lado del rey de los Infiernos, que no sonríe nunca, está su esposa: la alta, la esbelta Perséfone. Los mistos la reconocen bajo las facciones de la hierofántida que había ya representado a la diosa en los Misterios menores. Es bella aún, más bella quizá en su melancolía; más, ¡cuán cambiada bajo su traje de luto, con adornos de plata y bajo la diadema de oro!. Ya no es la Virgen de la gruta; ahora conoce la vida del fondo y por ella sufre. Reina sobre los poderes inferiores, es soberana entre los muertos, pero extraña en su imperio. Pálida sonrisa ilumina su semblante ensombrecido por la sombra del Infierno. ¡Ah!. En aquella sonrisa hay la ciencia del Bien y del Mal, el encanto inexplicable del dolor sentido y mudo. El sufrimiento enseña la piedad. Acoge ella a los mistos con una mirada de compasión y ellos se arrodillan y depositan a sus pies coronas de narciso. Entonces reluce en sus ojos una llama mortecina, esperanza perdida, ¡lejano recuerdo del cielo!.

De repente, al extremo de una galería ascendente brillan antorchas y, como un sonido de trompeta, una voz clama: “¡Venid mistos! ¡Iacchos ha vuelto!. Démeter espera a su hija. ¡Evohé!”. Los ecos sonoros del subterráneo repiten ese grito. Perséfone se levanta sobre su trono, como despertada en sobresalto de un largo sueño, y penetrada por un pensamiento fulgurante: “¡La Luz! ¡Madre mía! ¡Iacchos!”. Quiere andar, pero Aidonea la retiene por la tela de su traje y vuelve a caer sobre su trono como muerta. Entonces las luces se apagan de repente, y una voz exclama: “¡Morir, es renacer!”. Entonces los mistos se abalanzan hacia la galería de los héroes y de los semidioses, hacia la abertura del subterráneo, donde les esperan Hermes y el porta-antorchas. Les quitan la piel de cervato, les rocían con agua lustral, les revisten con lino fresco y les llevan al templo espléndidamente iluminado, donde les recibe el hierofante, el gran sacerdote de Eleusis, anciano majestuoso, vestido de púrpura.

 


Y ahora, dejemos hablar a Porfirio. He aquí cómo cuenta la iniciación suprema de Eleusis:

“Coronados de mirtos, entramos, con los otros iniciados, en el vestíbulo del templo —ciegos aún—; pero el hierofante, que está en el interior, pronto nos va a abrir los ojos. Más antes —porque no hay que hacer nada con precipitación— lavémonos con el agua sagrada. Porque se nos ruega que entremos con el corazón y las manos limpias en el recinto sagrado.

Conducidos ante el hierofante, nos lee, en un libro de piedra, cosas que no debemos divulgar, bajo pena de muerte. Digamos sólo que ellas se armonizan con el lugar y la circunstancia. Reiríais quizá si las oyeseis fuera del Templo; pero aquí no tenéis ninguna gana de ello al escuchar las palabras del anciano, porque siempre se porta como tal, y al mirar los símbolos revelados. (Los objetos de oro, encerrados en el canastillo, eran: la piña (símbolo de la fecundidad, de la generación), la serpiente en espiral (evolución universal del alma; caída en la materia y redención por el espíritu), el huevo recordando la esfera o perfección divina, objetivo del hombre). Y estáis muy lejos de la risa cuando Démeter confirma, por su idioma particular y sus signos, por vivos centelleos de luz, nubes amontonadas sobre nubes, todo lo que hemos visto y oído de su sacerdote sagrado; entonces, finalmente, la luz de una serena maravilla llena el Templo; vemos los puros campos de Elíseo; oímos el coro de los bienaventurados; entonces, no es solamente por una externa apariencia o por una interpretación filosófica, sino en hecho y realidad, como el hierofante se convierte en el creador (δημιουργός) y el revelador de todas las cosas; el Sol sólo es su porta-antorchas, la Luna su oficiante cerca del altar, y Hermes su Heraldo místico. Pero la última palabra se ha pronunciado: Konx Om Pax”.

 

Édouard Schuré

 


 

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