MISTERIOS MENORES

“¡Oh aspirantes de los Misterios!, aquí estáis en el pórtico de Proserpina. Todo cuanto vais a ver va a sorprenderos. Sabréis que vuestra vida presente no es más que un tejido de sueños mentirosos y confusos. El sueño que os rodea de una zona de tinieblas lleva vuestros ensueños y vuestros días en su flujo, como los restos flotantes que se desvanecen a la vista. Pero al otro lado, se extiende una zona de luz eterna. ¡Que Perséfone os sea propicia y os enseñe ella misma a franquear el río de las tinieblas y a penetrar hasta la Déméter celeste!”.

HERMES (el heraldo de los Misterios, a los concurrentes)

— Deméter nos hace dos regalos excelentes: los frutos para que no vivamos como las bestias, y la iniciación, que da una esperanza más dulce a los que de ella participan, en cuanto al fin de esta vida y por toda la eternidad. Prestad atención a las palabras que vais a oír, a las cosas que vais a ver.

DÉMETER (con voz grave). — Hija amada de los Dioses, habita en esta gruta hasta mi vuelta y borda mi velo. El cielo es tu patria, el universo es tuyo. Tú ves a los Dioses; ellos acuden a tu voz. Pero no escuches la voz de Eros el astuto, de suaves miradas y pérfidos consejos. Guárdate de salir de la gruta y no recojas jamás las flores seductoras de la Tierra; su perfume embriagador y funesto te haría perder la luz del cielo y hasta el recuerdo. Teje mi velo, y vive dichosa hasta mi vuelta, con las ninfas tus compañeras. Entonces, en mi carro de fuego, tirado por serpientes, te volveré a los esplendores del Éter, sobre la vía láctea.

PERSÉFONE — Sí, madre augusta y temible, por esta luz que te rodea y que me es cara, lo prometo, y que los Dioses me castiguen si no cumplo mi juramento. (Deméter sale).

EL CORO DE LAS NINFAS. — ¡Oh Perséfone! ¡Oh Virgen, Oh casta prometida del Cielo, que bordas la figura de Dios sobre tu velo! Que no conozcas jamás las vanas ilusiones y los males innumerables de la tierra. La eterna verdad te sonríe. Tu esposo celeste, Dionisos, te espera en el Empíreo. A veces se te aparece bajo la forma de un Sol lejano; sus rayos te acarician; él respira tu aliento y tú bebes su luz… De antemano os poseéis… ¡Oh Virgen!; ¿Quién es más feliz que tú?

PERSÉFONE — Sobre este azul de interminables pliegues bordó mi aguja de marfil las infinitas figuras de los seres de todas las cosas. He terminado la historia de los Dioses; he bordado el Caos terrible de cien cabezas y mil brazos. De allí deben salir los seres mortales. ¿Quién, pues, los hizo nacer? El Padre de los Dioses me lo ha dicho; es Eros. Pero nunca le he visto, ignoro su forma. ¿Quién me describirá su rostro?

LAS NINFAS. — No pienses en ello. ¿Por qué esa vana pregunta?

PERSÉFONE (se levanta y arroja el velo). — ¡Eros!, el más antiguo y sin embargo el más joven de los Dioses, fuente inagotable de los goces y las lágrimas — pues así me han hablado de ti —, Dios terrible, sólo desconocido, único Invisible de los Inmorales y único deseable. ¡Misterioso Eros!, ¡qué turbación, qué vértigo me arrebata a tu nombre!

EL CORO. — No trates de saber más. Las cuestiones peligrosas han perdido a hombres y aun a Dioses.

PERSÉFONE (fija en el vacío sus ojos llenos de espanto). — ¿Es un recuerdo? ¿Es un presentimiento terrible? ¡El Caos…, los hombres…, el abismo de las generaciones, el grito de los nacimientos, los clamores furiosos del odio y de la guerra… el abismo de la muerte! Oigo, veo todo eso y ese abismo me atrae, me sujeta; es preciso que a él descienda. Eros me sume en él, con su antorcha incendiaria. ¡Ah!, voy a morir. Lejos de mí este sueño horrible.

(Se cubre la cara con las manos y solloza).

EL CORO. — ¡Oh virgen divina!, sólo es un sueño; más tomaría cuerpo, llegaría a ser la fatal realidad, y tu cielo desaparecería como un vano sueño, si cedieras a tu deseo culpable. Obedece a esta advertencia saludable, vuelve a tomar tu aguja y teje tu velo. ¡Olvida al astuto, imprudente, criminal Eros!

PERSÉFONE (quita las manos de su rostro, que ha cambiado de expresión. Sonríe a través de sus lágrimas). — ¡Qué locas sois! ¡Qué insensata era! Recuerdo ahora, lo he oído decir en los misterios olímpicos: Eros es el más bello de los dioses; sobre un carro alado preside las evoluciones de los Inmortales, a la mezcla de las esencias primeras. Él es quien conduce a los hombres osados, a los héroes, desde el fondo del Caos a las cumbres del Éter. Sabe todo; como el Fuego Príncipe, atraviesa todos los mundos, tiene las llaves de la tierra y del cielo. ¡Quiero verle!

EL CORO. — ¡Desgraciada! ¡Detente!

EROS (sale del bosque bajo la forma de un adolescente alado). —¿Me llamas, Perséfone? Aquí me tienes.

PERSÉFONE (se vuelve a sentar). — Dicen que eres astuto y tu semblante es la inocencia misma; te dicen todopoderoso y pareces débil niño; te llaman traidor y cuanto más miro tus ojos, más se regocija mi corazón, más confianza adquiero en ti, hermoso mozo risueño. Dicen que eres sabio y hábil. ¿Puedes ayudarme a bordar este velo?

EROS. — De buena gana: aquí estoy, cerca de ti, a tus pies. ¡Qué maravilloso velo! Parece empapado en el azul de tus ojos. ¡Qué admirables figuras ha bordado tu mano, menos bellas que la divina bordadora, que no se ha visto nunca en un espejo! (Sonríe malicioso).

PERSÉFONE. — ¡Verme yo misma! ¿Sería ello posible? (Se ruboriza). ¿Pero reconoces tú estas figuras?

EROS. — ¿Que si las conozco?: la historia de los Dioses. Pero ¿Por qué detenerte en el Caos? Ahí es donde la lucha comienza. ¿No tejerás la guerra de los Titanes, el nacimiento de los hombres y sus amores?

PERSÉFONE. — Mi ciencia se detiene aquí y me falta la memoria. ¿No me ayudarás a bordar lo que sigue?

EROS (le lanza una mirada inflamada). — Sí, Perséfone; pero con una condición, y es que, para comenzar, vengas a coger conmigo una flor de la pradera, la más hermosa de todas.

PERSÉFONE (seria). — Mi madre augusta y sabia me lo ha prohibido. “No escuches la voz de Eros, me dijo, ni recojas las flores de la pradera. Si desobedeces, serás la más miserable de los Inmortales”.

EROS. — Comprendo. Tu madre no quiere que conozcas los secretos de la tierra y de los infiernos. Si respirases las flores de la pradera te serían revelados.

PERSÉFONE. — ¿Los conoces?

EROS. — Todos; y ya lo ves, soy por esto más joven y más ágil. ¡Oh hija de los dioses!, el abismo tiene terrores y escalofríos que el cielo ignora; pero no comprende el cielo quien no ha atravesado por la tierra y los infiernos.

PERSÉFONE. — ¿Puedes hacérmelos comprender?

EROS. — Sí; ¡mira! (Toca la tierra con la punta de su arco; de ella sale un gran narciso).

PERSÉFONE. — ¡Oh, qué admirable flor! Hace temblar y surgir en mi corazón una divina reminiscencia. A veces, dormida sobre una cumbre de mi astro amado, que dora un eterno poniente, al despertar he visto flotar, en la púrpura del horizonte, una estrella de plata por el seno nacarado del cielo verde pálido. Me parecía entonces que ella era la antorcha del inmortal esposo, promesa de los dioses del divino Dionisos. Pero la estrella bajaba, bajaba… y la antorcha moría a lo lejos. Esta flor maravillosa parece aquella estrella.

EROS. — Yo que transformo y uno todas las cosas, yo que hago de lo pequeño la imagen de lo grande, de la profundidad el espejo del cielo; yo que mezclo el cielo y el infierno sobre la Tierra, que elaboro todas las formas en el profundo océano, he hecho renacer tu estrella del abismo bajo la forma de una flor, para que puedas tocarla, cogerla y respirarla.

EL CORO. — ¡No olvides que esa magia puede ser un lazo que te tiende!

PERSÉFONE. — ¿Cómo llamas a esa flor?

EROS. — Los hombres la llaman Narciso; yo la llamo Deseo. Ve cómo te mira, cómo se vuelve hacia ti. Sus blancos pétalos se estremecen como sí vivieran, de su corazón de oro se escapa un perfume que llena toda la atmósfera de voluptuosidad. En cuanto te lleves esta flor mágica a tu rostro, verás, en un cuadro inmenso y maravilloso, los monstruos del abismo, la tierra profunda y el corazón de los hombres. Nada quedará oculto para ti.

PERSÉFONE. — ¡Oh flor maravillosa de embriagador perfume!, mi corazón palpita, mis dedos arden al tomarte. Quiero respirarte, apretarte contra mis labios, saturarme de tu embelesador perfume, ponerte sobre mi corazón, aunque tuviera que morir.

(La tierra se entreabre al lado de ella. De la grieta abierta y negra se ve surgir lentamente, hasta la mitad del cuerpo, a Plutón, sobre un carro tirado por dos caballos negros. Coge a Perséfone en el instante en que toma la flor, y la atrae violentamente hacia sí. Ella se retuerce inútilmente en sus brazos y lanza un grito. En seguida el carro se hunde y desaparece. Su rodar se pierde a lo lejos como un trueno subterráneo. Las ninfas huyen gimiendo hacia el bosque. Eros se escapa lanzando una gran carcajada).

LA VOZ DE PERSÉFONE (bajo tierra). — ¡Madre mía! ¡Socorro!.¡Madre mía!.

HERMES. — ¡Oh aspirantes de los misterios, cuya vida se halla aún oscurecida por los vapores de una mala vida!, ésta es vuestra historia.

 

Edouard Schure

 


 

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. ovidio gerardo espinoza velarde dice:

    😌

    Le gusta a 2 personas

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