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No recuerdo la razón por la que me detuve, lo que recuerdo es lo primero que vi cuando di media vuelta: a él.

Había una suerte de armonía enérgica en sus pasos, daba uno tras otro con tanta decisión. Que envidia tenía yo de sus pasos. Pero, fue su rostro lo que me paralizo, pues sus ojos se dirigían a la profundidad de los míos, sin el más mínimo atisbo de compasión. Destellaba en ellos una necesidad salvaje, primitiva, predadora.

Déjalo pasar -pensé- pero siguió avanzando, y, junto a él, la noche.

-M

 


 

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