Sagrado y profano

Para defender el alma, he tenido que ser antiliteralista. Pero, aparte del hecho de que siempre es sospechoso defender algo con demasiado fervor, ahora debo hablar a favor del literalismo del que tanto nos cuesta escapar. En efecto, puede que los mitos sobre una Caída sean exactamente eso: relatos sobe el salto desde el Otro Mundo daimónico de la imaginación, simbolizado por nuestros Edenes y Arcadias, al frío y gris mundo de los hechos. Si no hubiera ninguna caída, ningún salto al literalismo, el Alma se manifestaría en todas partes, como ocurría cuando Dios se paseaba junto a Adán con la brisa de la tarde. No estaría entonces oculta; ni sería secreta o misteriosa. No nos veríamos llamados a ejercer nuestros llamados imaginativos, de reflexión, discernimiento y creación de mistos de los que depende nuestro desarrollo anímico. Al parecer, necesitamos ese literalismo que tanto nos entumece sino vemos a través suyo. Debemos adquirir la “doble visión”, sin la cual no habría arte ni religión que merecieran tal nombre, porque no habría otra realidad detrás de esta, no habría profundidad.

Quizá cuando más sentimos la presencia del alma es en aquellos momentos en que la profundidad hace su aparición. Al contemplar una obra de teatro, o un ballet o un concierto (es una sátira de nosotros mismos que seamos espectadores cuando en las culturas tradicionales todo el mundo participaba), a veces el artista y el publico se convierten en uno; los bailarines danzan fuera de su piel y al publico se le eriza el vello. El alma ha hecho su entrada misteriosa, y eso es lo que todos deseamos, pero nunca podemos fraguar o predecir. El alma intensifica y después conecta. O conecta al intensificarse. Aparece en un paisaje, y es como si la perspectiva se inventara ante nuestros ojos, como si todo cobrara vida de modo semejante a una presencia. Aparece en una conversación casual, y repente ya no estamos hablando con un conocido sino con un amigo con el que conectamos a un nivel más profundo y tácito. El alma es lo que convierte acontecimientos corrientes en experiencias, y lo que confiere a un instante pasajero profundidad, conexión y resonancia. Aunque no podamos describirlo, el efecto es inconfundible: una sensación de calma en la cabeza y de plenitud en el corazón. Es obvio que es el alma lo que se transmite y recibimos en esa experiencia, igual de inefable, que lo que llamamos amor.

Cuando los amigos pigmeos de Collin Turnbull le permitieron que los ayudase a “hacerse salir del molimo“, les sorprendió descubrir que era un trozo de tubería de metal robado de una obra de construcción al borde de la carretera. El molimo original, estaba hecho de bambú, cuidadosamente tallado y decorado; pero tal como le explicaron los hombres, el de metal era mejor porque no se pudría como los antiguos ni precisaba tanto trabajo a la hora de hacerlo. A Turnbull le consto conciliar un objeto tan mundano, y una actitud tan profana, con la sacralidad de la ceremonia del molimo. Pero los pigmeos no tenían ese problema: sólo se trataba de una tubería de metal mientras “dormía” en el árbol donde lo escondían. En cuanto “lo hacían salir” se convertía en el molimo. De camino al campamento, por ejemplo, había que dejarle “beber” cada arroyo. Pero no se transformaba verdaderamente en molimo hasta que soplaban en él y le hacían cantar.

Los humanos podemos sacralizar cualquier cosa. Para la mente profana, no hay nada sagrado: el alma de la selva es una simple tubería de metal, la sangre de Cristo no es más que un vino empalagoso. Todo depende del acto creativo de la imaginación. Cuanto más dotamos al mundo de imaginación más alma adquiere y más alma nos devuelve, con su elocuente canto.

[…]

Patrick Harpur

La tradición oculta del alma

 

apparition
Odilon Redon

3 Comentarios Agrega el tuyo

    1. Uróboros dice:

      Gracias por compartir! 🤗

      Me gusta

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