Zoé

Camino de puntillas.

Los demás no tienen la culpa de nuestros insomnios.

 

Paso una habitación tras otra,

mirando a esas criaturas benditas

que poseen el reino de los sueños.

 

Es cierto,

a veces los observo con una ligera rabia,

pero luego recuerdo

que mis sueños no se parecen a los suyos,

y que aquí estoy a salvo.

Debo guardar silencio,

porque si despiertan puedo volver a dormir.

 

Es mejor darme prisa,

sin detenerme sigo el murmullo del benjuí.

 

Pero me he perdido,

he llegado a una región extraña.

Una mujer danza poseída,

pareciera que su cuerpo no puede contener la euforia.

Y de pronto el éxtasis la eleva.

Quiero acercarme un poco más

hay alguien que tañe la flauta con una maestría divina.

¡Y me ha mirado!

 

Duele.

Salgo corriendo,

mientras mis manos tiemblan de frío y congelan mis mejillas

al limpiar un llanto ridículo que no puedo controlar.

 

Supongo que fue eso lo que me impidió

ver el borde al que me aproximaba.

Y tropecé.

Y mi cuerpo cae al suelo,

 

[…]

 

Me veo cubierta de tierra.

y todo ruido ha cesado.

 

En el silencio

vuelvo a escuchar el murmullo del benjuí,

y voces que vienen de dentro

y risas que ya no son interrumpidas por viejos espíritus.

 

He comprendido la mirada del hombre que tañía la flauta.

Ahora sé lo que trataba de decirme:

El éxtasis paraliza y todo lo vivo ha de estar en movimiento.

 


 

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