SONETOS A ORFEO

Rainer Maria Rilke

(4 de diciembre de 1875 – 29 de diciembre de 1926)


PRIMERA PARTE

I

Un árbol se irguió entonces. ¡Oh elevación pura!

¡Orfeo canta! ¡Árbol esbelto en el oído!

Todo enmudece. Mas del total silencio

surge un principio, la señal, el cambio.

Bestias de silencio se arrancaron a la clara

selva liberada de nidos y guaridas;

fue manifiesto entonces que ni la astucia

ni el miedo las amansaban de ese modo,

sino el oído. Rugidos, bramidos, gritos

empequeñecieron en sus corazones. Y donde no había

sino una cabaña apenas en donde acoger el sonido,

un refugio de deseo oscurísimo

con un umbral de temblorosas jambas;

tú les creaste un templo en el oído.

 

IX

Tan sólo quien hubiere levantado la lira

también en las tinieblas,

intuirá y cantará

la infinita alabanza.

Sólo quien con los muertos haya comido

la adormidera de los muertos,

no perderá jamás

el más sutil sonido.

En el estanque el reflejo

a menudo se sumerge:

Aprende la imagen.

En ese doble reino

se tornarán las voces

eternas y suaves.

 

XVII

En lo profundo, el Padre, inextricable

de todos los linajes,

raíz, origen escondido,

que no vieron jamás.

Yelmo de combate y cuerno de montero,

sentencia de los encanecidos,

hombres en fraterna discordia,

mujeres como el laúd.

La rama oprime a la rama,

ni una sola se libera:

¡Oh sí, una! Sube… sube…

Se quiebran todavía.

Mas ésta, descollante,

se curva en lira.

 

XXI

La primavera ha vuelto. La tierra

es como un niño que sabe poemas;

muchos, oh, muchos… De las fatigas

de un dilatado aprender recibe la recompensa.

Severo fue el maestro. Qué hermosa la blancura

de sus barbas de anciano.

Ahora cómo el verde, cómo el azul se llaman

podemos preguntarle: ¡ella sabe, lo sabe!

Tierra en tu vacación, oh tú feliz, juega

con los niños ahora. Queremos cogerte,

tierra gozosa. El más alegre lo logrará.

Lo que el maestro le enseñó, lo múltiple,

y lo que está grabado en las raíces y en los largos

troncos retorcidos: ¡ella canta, lo canta!


 

SEGUNDA PARTE

 

I

Respiración oh tú, invisible poema,

puro, incesante intercambio

de nuestro ser y los espacios. Contrapeso

en el que rítmicamente me cumplo.

Ola única

de la que soy el mar creciente,

el más estricto de los posibles mares

y apresador de espacio.

¿Cuántos de esos lugares espaciales

antes dentro de mí estuvieron? Oh, más de un viento

es como mi propio hijo.

¿Me reconoces, aire, lleno de la que ya fue en mí

tú, en otro tiempo tersa corteza,

comba y filo de mis palabras?

 

X

Toda adquisición será amenazada por la máquina,

mientras en el espíritu y no en la obediencia se presuma.

Porque para que no luzca la hermosa inseguridad de la mano magnífica,

talla rígidamente la piedra de los más fastuosos edificios.

En parte alguna se abandonará de modo que nos emancipemos,

ni a sí misma se pertenecerá, aceitosa, en la fábrica apagada.

Ella es la vida —más que nadie cree entender en ella—

y con igual resolución ordena, crea y destroza.

Pero aún puede parecemos misteriosa la existencia;

en cientos de lugares es todavía origen. Juego de puras

fuerzas que nadie conoce si no se postra y admira.

Las palabras bordean todavía lo indecible…

Y la música, nueva siempre, desde las temblorosas piedras

en el espacio inútil erige su mansión divinizada.

 

XVI

Constantemente recrudecido por nosotros,

Dios es el lugar que sana.

Somos abruptos porque queremos saber

y Él es en cambio disperso y sosegado.

Ni siquiera la ofrenda consagrada y pura

en su mundo recibe de otro modo

que inmóvil, oponiéndose

al libre acabamiento.

Tan sólo el muerto bebe

en esa fuente que desde aquí

escuchamos,

si Dios indica, silencioso, al muerto.

A nosotros solamente estrépito se brinda.

Y el cordero reclama su cencerro

guiado por el callado instinto.

 

XXVII

El tiempo destructor ¿existe realmente?

¿Cuándo sobre el monte apacible se derruirá el castillo?

Y este corazón que infinitamente a los dioses pertenece,

¿al Demiurgo cuándo se habrá de someter?

¿En verdad somos tan angustiosamente quebradizos

que quiera el destino hacérnoslo verificar?

La infancia acaso, prometedora y profunda,

más tarde ¿en las raíces enmudece?

Ah, el fantasma de la caducidad

se filtra como el humo

en el que fue sin malicia susceptible.

Así, como somos, y aun siendo pasajeros,

las permanentes fuerzas remontamos

para un divino menester.

 

XXVIII

Ve, retorna. Oh tú, casi niña, completa

tu figura de baile un instante

para que pura constelación una de esas danzas se haga,

en las que fugaces desbordamos a la oscura

naturaleza ordenadora. Que fue sólo movida

por el canto de Orfeo, en oído trocada íntegramente.

Era por ti por quien revivía el movimiento

levemente extrañado cuando un árbol vaciló

y anduvo junto a ti al ritmo del oído.

Supiste aquel lugar en que fuera la lira

sonora levantada: el inaudito centro.

Para él ensayaste tus más hermosos pasos

y a él te propusiste, en la fiesta total,

enderezar la senda y el rostro del amigo.

 

XXIX

Siente, amigo silencioso de múltiples afueras,

cómo tu aliento aún los espacios ensancha.

En el yugo de torres tenebrosas

consiente en ser tañido. Lo que en ti languidece

será fortalecido por ese tu alimento.

En la transformación penetra y surte.

¿Cuál es tu experiencia más penosa?

Si amargo te es beber, tórnate vino.

En esta noche de desmesura, hazte

conjuro en la cruz de tus sentidos,

sentido de su extraña convergencia.

Y si de lo terrestre fueras descuidado,

a la callada tierra exclama: fluyo.

A las rápidas aguas diles: soy.

 

s-l300


 

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