¿MESERO?¿ADÓNDE VAN?

CRÓNICA DE LA MORALIDAD PRIVADA

I

No hablaré de la moralidad pública porque no hay tal. Pero al respecto, una anécdota:

Cuando Prometeo constató desde lo alto del Cáucaso, y sin que le quedara la menor duda, que a final de cuentas vivía anquilosado por las espigas, camisolas, parapetos, cadenas y demás fardos, para cambiar de postura se levantó del lado izquierdo, estiró el brazo derecho, y entre las cuatro y cinco de un día de otoño recorrió el bulevar que comunica la iglesia de la Madeleine a la Ópera.

Distintas celebridades parisinas pasaron en abundancia frente a sus ojos. ¿Adónde van?, se preguntaba Prometeo, y sentándose en un restaurante frente a una jarra de cerveza, inquirió: ¿Mesero?¿Adónde van?

HISTORIA DEL MESERO Y DEL MIGLIONARIO

Si usted los viese pasar como yo todos los días, dijo el mesero, podría preguntarse con toda justicia ¿de dónde vienen? Al final da lo mismo, puesto que pasan cada día. Me digo: si pasan de nuevo es porque no han encontrado. Ahora espero que usted me pregunte: ¿qué buscan?, así sabrá qué le voy a contestar.

Entonces preguntó Prometeo:

—¿Qué buscan? 

El mesero continuó:

—Puesto que no se quedan en el sitio al que se dirigen, luego entonces: no alcanzan la felicidad. Puede creerme si lo desea —y, acercándose, dijo en voz baja—: lo que buscan es su personalidad. ¿Usted no es de aquí?

—No, dijo Prometeo.

—Bueno, sí, se le nota, dijo el mesero. Así es: la personalidad; lo que llamamos aquí idiosincrasia. Yo, por poner un ejemplo, tal como me ve, juraría usted que soy mesero de un café. ¿Qué cree? Pues no señor, hago esto por gusto. Créame, si le place. Yo poseo una vida íntima: observo. Las personalidades son lo único interesante que hay. Todo está muy bien ordenado aquí, en el restaurante, en mesas para tres. Más tarde verá cómo funciona. Pronto querrá cenar, ¿no es cierto? Llegarán en algún momento las presentaciones…

Prometeo se sentía algo cansado. El mesero prosiguió:

—Mesas de tres, sí, es la forma más cómoda que encontré. Tres señores llegan, se hacen las debidas presentaciones (cuando lo piden, claro), porque en mi restaurante hay que decir su nombre antes de cenar, luego a qué se dedica cada quien; no importa si uno se equivoca. Entonces la gente se sienta (yo no), empieza a platicar (tampoco yo). Yo los pongo en contacto, escucho, escruto, dirijo la conversación. Al final de lacena conozco a tres seres íntimos, ¡tres personalidades! Y ellos, no. 

Yo, usted comprende, escucho, cuento, ellos deben aguantarse los unos a los otros. Me preguntará: ¿Qué me aporta todo eso? ¡Oh, nada en absoluto! Lo que me gusta a mí es que la gente se relacione… ¡Pero no conmigo…! Es, como diría alguien, una acción completamente gratuita.

Prometeo parecía algo cansado. El mesero prosiguió:

—¡Una acción gratuita! ¿Eso a usted no le dice nada? A mí me parece extraordinario. Durante mucho tiempo pensé que eso era lo que distinguía al hombre de los animales: una acción gratuita. Y justo después pensé lo contrario: que era el único ser incapaz de obrar gratuitamente. ¡Gratuitamente! Piense: sin razón… está bien, lo comprendo… digamos: sin motivo. ¡Incapaz! Entonces eso empezó a fastidiarme. Me decía: ¿por qué hace eso? ¿Por qué hace aquello…? Lo cual no me convierte en un determinista… Aunque, a este respecto, una anécdota:

Tengo un amigo que, no lo creería usted, es Miglionario. También inteligente. Se dijo a sí mismo: ¿una acción gratuita? ¿Cómo realizarla? Comprenderá que no hay que entenderpor esto una acción que no aporta nada, porque si no… No, algo gratuito: un acto que no está motivado por nada ¿Comprende usted? Interés, pasión, nada. Un acto desinteresado; nacido de sí mismo; un acto también sin finalidad; es decir sin dueño; un acto libre; un Acto autóctono.

—¿Cómo?, dijo Prometeo.

—No pierda el hilo, dijo el mesero.

Mi amigo sale a la calle con un billete de quinientos francos dentro de un sobre y un manotazo en la mano. De lo que se trata es encontrar a alguien sin escogerlo antes. Así, en la calle, deja caer su pañuelo. Al que lo recoge (acomedido, puesto que recogió):

El Miglionario: Disculpe, ¿no conocerá usted a alguien?

El otro: Sí, a varios.

El Miglionario: Tenga usted entonces la bondad de escribir su nombre en este sobre. Aquí tiene plumas, tinta, lápiz…

El otro escribe como persona acomedida que es, y luego: ¿Ahora me puede explicar usted, Señor…?

El Miglionario contesta: Es cuestión de principios.

Enseguida (olvidé mencionar que es muy robusto) éste le asesta el manotazo que llevaba en la mano, detiene un carruaje y desaparece.

¿Comprende usted? Dos acciones gratuitas de un solo golpe: el billete de quinientos francos con una dirección que no escogió él, y el manotazo para alguien que se escogió a sí mismo. ¿Pero es lo suficientemente gratuito? ¡Y la relación! Apuesto a que no sopesa lo suficiente la relación que existe. Dado que el acto es gratuito, aquí lo llamamos: reversible. Uno recibió quinientos francos por un manotazo, el otro recibió un manotazo por quinientos francos… y eso es todo lo que se puede saber… no podemos imaginar nada más. ¡Piénselo! ¡Una acción gratuita! No hay nada más desalentador. Pero creo que empieza usted a tener hambre y le pido disculpas, cuando uno se pone a conversar… Me dirá entonces su nombre para cuando haya que hacer las presentaciones…

Prometeo mal encadenado – Andre Gide 

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