«Aquí, dijo mi guía, se encuentran los tesoros que buscas»

¡En nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso!

El sabio Ostanés dijo: He aquí que Dios me hizo comprender y me abrió los ojos.

Cuando me di cuenta de que el amor por la gran obra había ocupado mi corazón y que las preocupaciones respecto a ella habían alejado el sueño de mis ojos, que me impedían comer y beber hasta el punto de que mi cuerpo se adelgazó, teniendo muy mal aspecto, me entregué a la plegaria y al ayuno y entonces rogué a Dios que disipara las angustias y las preocupaciones que se habían apoderado de mi corazón y que proporcionara una salida a la delicada situación en la que me encontraba.

Mientras dormía en mi cama, un ser se me apareció en sueños y me dijo: «Levántate y entiende lo que voy a mostrarte». Me levanté y me fui con aquel personaje. Muy pronto nos hallamos ante siete puertas tan bellas como no había jamás. «Aquí, dijo mi guía, se encuentran los tesoros que buscas». «Gracias, respondí. Guíame ahora para penetrar en estos aposentos donde pretendes que se encuentran los tesoros de esta ciencia». «No podrás penetrar, me dijo, si no posees las llaves de esas puertas; pero acompáñame y te mostraré sus llaves».

Me fui con él y al poco tiempo nos encontramos con un animal como antes nunca había visto. Tenía unas alas de buitre, cabeza de elefante y una cola de dragón; las diversas partes del animal se devoraban entre sí. Al verlo me aterroricé y mudé el color. Entonces, mi guía, al darse cuenta de mi estado, me dijo: «Llégate hasta este animal y dile: “En nombre de Dios Todopoderoso, dame las llaves de las puertas de la sabiduría”.»

Cuando, lleno de terror y espanto llegué hasta el animal y le dije las palabras antedichas, me entregó las llaves. Abrí las puertas y al llegar a la última, encontré ante mí una placa de aspecto tan brillante y multicolor, que me era imposible soportar su brillo mientras la miraba. Sobre dicha placa se veía una inscripción en siete lenguas; la primera era egipcia. Leí dicha inscripción, comenzaba así:

«Voy a proponer la alegoría del cuerpo, del espíritu vital y del alma; estudiadla con vuestra razón y con vuestra inteligencia y, si le prestáis toda vuestra atención, estaréis bien orientados para completar cada obra y para conocer todo lo que está oculto.

» El cuerpo, el alma y el espíritu vital son como la lámpara, el aceite y la mecha. Del mismo modo que la mecha no serviría en la lámpara sin el aceite, el espíritu vital no podría utilizarse en el cuerpo sin el alma. El espíritu vital del cuerpo es la sangre, el alma es el soplo, que se expande desde la sangre y el corazón hasta las extremidades del cuerpo; éste último, ya lo sabéis, se compone de carne, huesos y nervios.

» Sabed que si sólo albergáis el espíritu vital en el cuerpo, sin introducirle el alma, el cuerpo no gozará de claridad, aparecerá como envuelto en las tinieblas. Cuando hacéis que el alma penetre en el cuerpo, éste se afina, se purifica y adquiere un buen aspecto.

» Comprended lo que voy a describiros, pues es algo importante y nadie podrá ser guiado hasta la ciencia a la que me refiero, si no conoce este capítulo. ¿No veis que el fuego posee una claridad, unos destellos y un brillo? Si lo rociáis con agua, la claridad y el brillo desaparecen y se vuelve tinieblas después de haber sido claridad.

»Si tomáis fuego y agua y operáis como os lo hemos expuesto en el presente libro, conseguiréis mezclarlos y combinarlos;  ninguno de los dos podrá perjudicar al otro y su reunión proporcionará el doble de claridad y destellos que en su estado primitivo. De este modo debéis comenzar y así es como han comenzado los que vinieron con anterioridad a vosotros. Originalmente, los elementos primitivos eran el fuego y el agua. De la unión del agua y del fuego y de sus combinaciones fueron formados numerosos cuerpos, árboles y piedras. Conviene, pues, que procedáis por analogía, actuando en la ciencia última en conformidad al modo seguido desde la ciencia primitiva. Debéis actuar y proceder vosotros mismos, como se os ha enseñado que actuaron y procedieron.»

Lo que acabo de deciros, son los términos exactos de la primera inscripción trazado sobre la placa en lengua egipcia.

Después venía una inscripción en lengua persa, repleta de ciencia y sabiduría. Ahora voy a decir el contenido de la lectura de esta placa y de la ciencia que he adquirido:

«El país de Mirs (Egipto) es superior a todas las demás ciudades y pueblos a causa de la sabiduría y la ciencia tan completa que Dios repartió entre sus habitantes. No obstante, las gentes de Mirs, así como las del resto de la tierra, necesitan de los habitantes de Persia y no podrían culminar ninguna de sus obras sin contar con la ayuda de este último país. ¿No veis que todos los filósofos que se han dedicado a esta ciencia se dirigieron a las gentes de Persia, quienes los adoptaron como hermanos? Les pidieron que les enviaran lo que se encontraba en Persia y que no lograban hallar en su propio país. ¿No habéis oído contar que cierto filósofo escribió a los magos, habitantes de Persia, para decirles: “He encontrado un ejemplar de un libro de los sabios antiguos, pero como el libro está escrito en persa, no puedo leerlo? Enviadme, pues, uno de vuestros sabios, que pueda leerme la obra que encontré. Si hacéis lo que os pido, os tendré en mucho aprecio y os testimoniaré mi reconocimiento mientras viva. Apresuraos a hacer lo que os pido, antes de que muera; pues una vez muerto ya no necesitaré ninguna ciencia.”

» He aquí la respuesta que le dirigieron los magos de Persia: “Cuando recibimos vuestra carta, nos alegramos mucho a causa de las cosas que escribisteis en ella. Nos apresuramos a enviaros al sabio que nos habéis pedido a fin de que lea vuestro libro y os enseñe los secretos que contiene pues estimamos que este es nuestro estricto deber respecto a vosotros. Cuando hayáis acabado vuestro libro, tal como deseáis, os estaríamos muy agradecidos si hicierais prontamente una copia; al ser nuestros ancestros quienes compusieron esta obra, desearíamos aprovecharla tanto como vosotros. Es así como conviene actuar. Saludos”.»

He aquí lo que leí en la inscripción en persa de la placa.

Seguidamente leí una inscripción hindú, cuyo contenido decía:

«Somos nosotros, dicen los hindúes, quienes, desde los primeros tiempos, han sido superiores a los demás hombres, en tanto que eran todavía poco numerosos y su inteligencia, débil. Nuestro suelo es, entre todos, el más vigoroso. Eso se debe a que el sol está próximo al cenit, encima de nuestras cabezas, y al calor que recibimos de este astro; tal es la causa del vigor de la naturaleza en nuestro país. Si no tuviéramos necesidad de Persia, podríamos acabar la obra en su totalidad, sólo con lo que produce nuestro suelo y nuestros mares.

» Cierto sabio envió un día a alguien para que le proporcionáramos la orina de un elefante macho blanco, animal que se encuentra en la parte más occidental de nuestro país. Esta orina, se asegura, es un remedio para un gran número de enfermedades. Cuando llegó el mensajero le remitimos lo que nos había pedido. El sabio, cuando recibió la sustancia, alabó a Dios, y le testimonió su reconocimiento. A esta orina le dio la preferencia sobre los demás remedios, a causa de los buenos efectos que supo producir gracias a ella, y seguidamente hizo su elogio a la vista de los resultados obtenidos. Escribió a mucha gente, diciéndoles: “Admirad de qué modo una cosa ínfima produce un gran efecto”.»

Aquí finalizaba la inscripción hindú.

El resto de las inscripciones estaba borrado, a causa de la antigüedad de la placa; así solamente pude copiar estas tres inscripciones que se encontraban en la parte inicial de la placa y habían escapado a la destrucción.

Mientras examinaba la parte de la placa que no había podido descifrar, escuché una voz fuerte que me increpó: «¡Hombre! Sal de aquí antes de que se cierren las puertas, pues ha llegado el momento de cerrarlas.» Me fui temblando y temiendo que fuera demasiado tarde para salir. Cuando hube atravesado todas las puertas, me encontré con un anciano de una belleza sin igual: «¡Acércate!, me dijo, hombre cuyo corazón está alterado por esta ciencia; te haré comprender muchas cosas que te han parecido oscuras y te explicaré lo que ha permanecido oculto». Me acerqué al anciano, que entonces me tomó de la mano, después levantó su mano hacia el cielo y me juró, por el Dios del cielo, que yo poseía toda la ciencia y que todos los secretos de la sabiduría estaban en mí. Alabé a Dios que me había mostrado todo aquello y que me había enseñado todos los secretos de la ciencia.

Mientras, el animal de tres formas, cuyas partes se devoraban entre sí, chilló con voz potente: «Sin mí, la ciencia no podría adquirirse de un modo completo, pues poseo las llaves de los tesoros de la ciencia. Que aquél que quiera realizar la obra como conviene reconozca mi poder y no ignore nada de lo que los sabios han dicho.»

Al escuchar estas palabras, el anciano me dijo: «¡Hombre! Busca este animal, dale una inteligencia en vez de tu inteligencia, un espíritu vital en vez del tuyo, una vida en vez de la tuya; entonces se te someterá y te dará todo aquello que necesitas.» Mientras reflexionaba acerca de cómo le podría dar una inteligencia en vez de la mía, un espíritu vital en vez del mío, una existencia en vez de la mía, el anciano me dijo: «Toma el cuerpo que se parece al tuyo, despójalo de lo que te acabo de decir y dáselo.» Hice como me había dicho el anciano y adquirí la ciencia completa, tan completa como la descrita por Hermes.

Trece fábulas alquímicas – Louisa Vert ♥

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